domingo, 1 de octubre de 2023

ORIENT EXPRESS

 


Apenas hay cola en la taquilla de venta de billetes. Nos dará tiempo suficiente para tomar el próximo «Orient Express». Al toque de campana, nos abrimos paso entre la multitud. Mi hija de cuatro años se aferra a mi mano hasta que alcanzamos nuestros asientos. Rápidamente se ocupan el resto de las plazas y en breve se vuelve a oír la pertinaz campana que avisa de la inmediata salida del tren. Los viajeros miran al exterior y saludan a familiares y amigos entre adioses, fotos y agitaciones de manos.

El tren coge su velocidad de marcha y nos adentramos en el primer túnel; mi hija se aprieta a mí. Está un poco asustada por la oscuridad del túnel y el traqueteo metálico de las ruedas sobre las vías. Es su primer viaje en tren.

A la salida del túnel, delante de nosotros se produce un pequeño alboroto. Es una pelea, o eso me explica mi hija con su lengua de trapo, un poco sorprendida y otro tanto temerosa al ver, según ella, que una señora feísima está de pie, agarrada a la puerta y quiere golpear a un hombre que se está riendo. En ese momento, el pasajero le quita la escoba a la feísima bruja, se oyen aplausos y risas de niños y mayores entre una música a todo volumen. El trenecito de feria vuelve a entrar en el túnel.

Y así diecinueve veces.

 

IsidrøMorenø


sábado, 23 de septiembre de 2023

EL GOL

 



El delantero rebasó la línea de defensas y avanzaba hacia el área de portería. Inicié una veloz carrera hasta situarme junto a él y con una sutil zancadilla rodó por el césped, lo que me permitió apoderarme del balón y continuar la carrera. Luego, con una elegante vaselina, marqué un golazo.

Fue mi primer y único gol en el fútbol de competición regional. Me echaron por zancadillear a un compañero de equipo y ningún club me ha vuelto a contratar.

 

IsidrøMorenø

jueves, 13 de abril de 2023

ERROR ORIGINAL

 


Si el traje no es para mí tampoco será para ti. Y ambos cubrieron sus vergüenzas con una hoja de parra; la serpiente cambió su camisa por el traje rechazado y los tres emigraron del Edén bajo los abucheos y puntapiés divinos.

 

IsidrøMorenø

 

(Para R.E.C. Ser. Semana 10 a 17-04-23; Frase inicio: “Si el traje no es para mí”)

lunes, 23 de enero de 2023

EL DÍA DEL ECLIPSE


 


Casi a diario coincidían en el mismo ascensor del edificio de oficinas. Dos almas juntas en un diminuto espacio. Un “buenos días”, un cruce de miradas mustias y unas forzadas sonrisas en un intento de disimular esa amarga soledad que a veces une incluso a extraños.

El día del eclipse, sin rasgar el silencio, las extrañas almas del ascensor se fusionaron en un cálido y sentido abrazo de siete pisos de duración.

Tres meses después de aquel día, se siguen viendo en el hall del edificio, esperan para poder subir solos, se adentran, se cierran las puertas, se abren los corazones, no hay beso, no hay sexo, solo el desgarrador deseo de abrazar y ser abrazado hasta la planta veintidós.

Hace unos días, ambos han interrumpìdo su medicación de ansiolíticos por depresión y abatimiento y, aunque no creen en la magia del eclipse, ahora perciben que sus ojos parecen más grandes. Incluso brillan.

 

IsidrøMorenø 

sábado, 26 de noviembre de 2022

A QUIEN PROCEDA

 


Viendo que mi hacienda ya no la veía porque se me había esfumado –y no me apetece recordar cómo–, asentar la testa quise, cuestión esta en la que me insistía mi madre a la que hace unos años perdí y con ella mi raciocinio también.

Necesitaba organizar mis horarios, comidas, bebidas, amigos y ocupaciones, aunque para ello debería trazarme nuevos horarios, procurarme alimentos, quitarme bebidas, cambiar amistades y encontrar fructífera ocupación.

Por los avatares de aquella mi atolondrada vida, tuve por tanto que rehusar a placeres, que no eran muchos ni tampoco pocos. Confieso que uno de los más mortificantes gestos a los que debí doblegarme fue la adaptación de mi hermoso velero que, a fuerza de su inmovilidad en la dársena del puerto, comenzaba a malograrse en su estructura. Entre las muchas cábalas para mi actividad futura que tan imprecisa se me hacía como oscura, concluí que el único tesoro que poseía era mi barco. Busqué, pregunté y me informé en las atarazanas acerca de los diferentes servicios que un navío podría prestar, o cuáles actividades eran las más demandadas, percatándome de que, si bien no eran pocas las posibilidades de negocio, sí que múltiples dificultades burocráticas y económicas se me presentaban, de tal forma que, en mi desesperada espera y al borde del hastío, me dispuse a redactar sobre papel un inventario de menesteres. Por primer punto la falta de dineros escribí, y así pues mi lista ya no seguí, porque ante ese grande obstáculo, redactar los posteriores sólo sería malgastar tinta y tiempo.

Quiso la suerte, no sé si buena o mala, que en uno de mis deambulantes garbeos por las callejuelas de Algeciras, mi ciudad de acogida, conociese a dos andrajosos buscavidas con los que compartí borrachera y conversación secreta. Para no alargarme en detalles que ya no recuerdo ni deseo recordar, he de decir que pronto me uní a ambos granujas y tras salir victoriosos de una pelea navajera y del robo de una bolsa de caudales a un asustado noble, conseguimos los maravedíes necesarios para adquirir, de segunda o sexta mano, ciertos enseres oportunos y restaurar mi barco para hacerlo a la mar. A la semana de conocernos mis dos nuevos socios y yo, tras la noche de borrachera y los días de apresuradas compras gastándonos el botín robado, decidí que deberíamos abandonar pronto aquella tierra firme, pues fui conocedor de las pesquisas que la justicia realizaba mientras nos pisaba los talones.

La joya de la corona serían los veinte cañones adquiridos en un desguace naval y que acoplamos a babor y a estribor para intimidar primero y, si remedio no tuviere, disparar después. Yo mismo mi velero rebauticé y su nombre con pintura negra grabé: «Temido».

De forma apresurada zarpamos. Con Algeciras a popa y proa a Estambul, tomamos por nueva patria la mar y con cegador sol de madrugada, el Temido surcaba el Mediterráneo donde pronto sería conocido por su bravura y a mí como capitán pirata, ante quien cien naciones rendirían sus pendones.

Como final de esta carta deseo hacer constar  que cuando la muerte venga a buscarme, abandonad al pairo mi navío para que las tormentas, bonanzas y levantes lo despiecen a su amor hasta que, en un rojo atardecer, sea sólo un recuerdo o, mejor, unos versos y estrofas que aprendan los niños y canten los románticos.

Y para mí, duelo no deseo, tan sólo descansar a la sombra de algún pino, porque de las vistas ya comprobé que el horizonte es curvado para no dejarnos del todo ver, manteniendo así el misterio y la curiosidad de cómo será el lugar que habrá más allá.   

         

Fdo.: Capitán Pirata.

 Año de 1730

      * * * 

Esa carta firmada por el Capitán Pirata, fue encontrada un siglo después en el puerto de Almería entre viejos cartapacios y legajos de documentación y contabilidad portuaria. Se conservaba dentro de un enmohecido sobre dirigido: “A quien proceda”; pero que con las señas muy roídas por los ratones y apenas legibles, sólo se podía distinguir confusamente, “proceda”, término que alguna mente sagaz asoció con el ilustre escritor y, por aquel tiempo, aspirante a diputado de dicha provincia, D. José de Espronceda a quien se le hizo llegar la carta por si fuese de interés en su condición de autoridad política y prestigioso escritor.

No se supo más del paradero de aquella epístola hasta que a mediados del siglo XX, se cuenta que en una pequeña cala de la Costa Brava, un adolescente al que llamaban Juanito encontró una botella varada entre unas cañas. La botella no contenía otra cosa que la anacrónica y romántica carta del Pirata.

* * *

A principios del siglo XXI, una joven estudiante de Historia que estructuraba su tesis doctoral sobre la piratería en Europa del siglo XVIII, encontró alusiones y referencias de aquel pirata de Algeciras, de su bajel, de sus hazañas y de su carta testamento. Después de arduos meses de búsqueda de información, echando horas con teorías imaginativas y reconstruyendo historias de final a principio, la joven estudiante de Historia encontró la relación entre la carta del capitán del «Temido» y la conocida «Canción del pirata» de Espronceda, pues de forma explícita —afirma la estudiante—, la idea, el texto y los términos de aquella carta son, indudablemente, la inspiración literal de tan famosos versos de la literatura romántica.

De similar manera confirmó sus sospechas del origen de otra famosa canción, cuyos versos también parecen compuestos con términos arrancados de la carta del Capitán Pirata del XVIII. El joven Juanito que —dicen— encontró la botella mensajera, no era otro que el cantautor D. Juan Manuel Serrat, quien compuso quizá la más bella canción española del siglo XX, a la que con gloria y acierto tituló: Mediterráneo.

* * *

 

—Aclaro, señores catedráticos, que la citada estudiante de Historia soy yo misma, servidora y alumna de ustedes, y que con esto creo dejar resumido el interés que me llevó a indagar sobre el Pirata de Algeciras que además de esta carta, origen de dos prestigiosas obras para la literatura y la música españolas, me permitió encontrar relevante información acerca de la piratería y comercio por el Mediterráneo en el siglo XVIII.

Los catedráticos, boquiabiertos, seguían sentados en su estrado ante la alumna. Sin aún mediar palabra, se miraron, y tan sólo el más anciano se atrevió a decir:

—¡Es una historia increíble!  —A continuación dio una pausada y raquítica ovación de solo tres palmadas.

—Sí, señores, completamente INCREÍBLE. —Recalcó la joven estudiante.

*******

IsidrøMorenø


* Relato ganador del "IX Certamen de narrativa corta VILLA DE SOCUÉLLAMOS. (Nov.2022)

viernes, 18 de noviembre de 2022

JUEGOS DE ADULTOS



El sol salió como todos los días y el jardín lucía todo su esplendor de reciente primavera.
Esa paz, apreciada tras el gran ventanal, resultaba ajena a aquellos tres hombres que elucubraban absortos ante un mapa de Europa desplegado en la mesa. Sobre el papel marcaban nuevas fronteras, sesgaban países a golpe de regla y rotulador, borraban viejas fronteras, movían de acá para allá sus camiones de plástico, los tanques de cartón y muchos soldaditos de plomo.
Aunque sus teorías imperialistas y teatrales poses grandilocuentes parecían bromas, ningún guiño mostraba un ápice de humor sino más bien de disimulada locura.
Se sentían dueños del mundo, poseedores de la verdad y redactores del derecho universal. Discutían sobre la forma de optimizar el armamento y sobre daños colaterales por guerra nuclear. Del precio de las vidas humanas no hablaban.
Al abrirse la puerta de la sala, los tres hombrecillos, en una ensayada maniobra para evitar sospechas, cubrieron la mesa con el tapete verde del juego de cartas sobre el que esparcieron unos naipes y, con caras de póker, se dispusieron a tomar las pastillas que con rigor diario les hacían tomar los fornidos enfermeros del psiquiátrico.

 

IsidrøMorenø


viernes, 28 de mayo de 2021

A GRANDES MALES

 


El culto a los muertos provocó que los vivos tuvieran que abandonar el planeta. La superficie había quedado estéril y cubierta por hermosas y antiquísimas tumbas.

El Pequeño Príncipe, líder organizador del éxodo a otros mundos, había encontrado un nuevo y pequeño satélite para su pueblo errante, pero aún no sabía cómo exponerles la solución para los futuros difuntos. Su religión les prohibía quemar los cuerpos por ser templo del alma. Sin embargo, de la antropofagia no se decía nada.

 

IsidroMoreno  

(Relato finalista en concurso "Letras y más letras", por "El Muro del escritor". Publicado en antología «Creencias» -Mayo-2021-)



jueves, 15 de abril de 2021

YO TAMBIÉN ME ASUSTO

 


A menudo, mi mamá se desespera buscándolos. Pobrecilla, me da pena. Dice que los mete en la lavadora atados en pareja para que no se pierdan. Yo sólo cojo de colorines y de uno en uno cada vez porque los necesito para los pies y las manos. Es que, por las noches paso mucho frío asustando al vecindario, aunque en el fondo lo que más me gusta, como a todos los fantasmas, es mirarme en el espejo de casa, para olvidarme del miedo y divertirme viendo una sábana blanca y  cuatro calcetines de colores, que se mueven y bailan solos.

 

IsidroMoreno

-Relato ganador en,VI Concurso de microrrelatos, "Queridos fantasmas". -Dic. 2020-

-Publicado en antología: «En las estrellas», (El Muro del escritor) marzo-2021

domingo, 13 de septiembre de 2020

AZUL O VERDE

 

Las princesas Disney nunca bailan solas. RTVE.es

Como en tantas otras ocasiones voy a esperar el milagro, pero juro que será la última vez que lo hago. Me resignaré y seguiré vistiendo santos hasta el final de mis días si beso a este sapo y sigue siendo sapo.

 

IsidroMoreno

(Relato ganador en VI Concurso literario de minicuentos. Publicado en antología «Hilvanando palabras». Sept-2020)

miércoles, 22 de enero de 2020

KAMIKAZE

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Con una copa de Sake, todos realizan el solemne brindis que da por finalizado el curso de piloto kamikaze. El hierático instructor con rostro lívido, desde la escalerilla del avión, les desea suerte y les ordena que se mantengan muy atentos a su demostración, porque no la volverá a repetir.


IsidroMoreno


-Relato finalista y mención especial del jurado en "V Certamen Literario de Microrrelatos" (Edit.: Letras Como Espada), diciembre-2019
-Publicado en antología «Al calor de la risa», enero-2020
-2º finalista en Concurso de microrrelatos de 50 palabras en "Quedada Cincuentista. Madrid, enero 2020

MI FUNCIÓN

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Espero nerviosa que me tome; que entre risas y pícaras lisonjas meta su mano bajo mi saya. Entonces mi cuerpo se yergue y quedo a su merced.
Luego, me presta sus palabras, salgo a escena y me siento feliz hasta que cae el telón de este modesto teatro de guiñol.

IsidroMoreno

-Relato Finalista y mención especial del jurado en "V Concurso Literario de Minicuentos, Mundo Escritura".  Enero-2020 
Publicado en antología «Casa de Muñecas»

ANFITRIÓN


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Empiezo a desesperarme entre tanta gente que hablan a mi alrededor; beben y ríen entre ellos, pero a mí ni me miran y se supone que han venido a mi casa, a verme.

¡Qué falta de respeto! Necesito llamar su atención y parece que no existo.

El tiempo pasa. Además del frío progresivo, no puedo hablar, parece que tengo los labios pegados y tampoco me responden mis músculos. Tan sólo soy capaz de abrir y cerrar uno de mis párpados, pero nadie me ve; aún estoy vivo y dentro de unos minutos taparán este maldito ataúd. Para siempre.

IsidroMoreno


(Relato seleccionado y publicado en antología «Así te lo Cuento»  en su  "IV Concurso de Micronarrativa", Enero 2020)

jueves, 24 de octubre de 2019

VACACIONES EN EL MAR

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    Aquello no era un yate. Al entrar, noté un olor pestilente, pero, claro, teníamos allí a todos nuestros animales que, al parecer, nos acompañarían en nuestras vacaciones. Para mi sorpresa, también me esperaban mis tres hijos con sus esposas y mis nietos.
   Mientras me mostraban las enormes cubiertas y dependencias, me seguía peguntando por qué el empeño de llevarme a aquel horrible barco varado en tierra junto a un riachuelo.
    Mi cólera se paralizó cuando, ante el portón de entrada, vi una pareja de leones, seguido por otra de elefantes. Quise salir por una escotilla lateral pero, al asomarme, enmudecí observando una interminable cola de animales que se dirigían hasta nuestro barco. Me escondí bajo una litera.
   Pasados no sé cuántos días, como no cesaba de llover y no se divisaba tierra firme, salí de mi escondite y agradecí a Noé, mi esposo, su genial idea de construir el Arca. 

Y AMARILLO A LA GENISTA

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Escondido tras las cañas, el amante en su duermevela no concibe la vida sin ella. Junto al mar, bajo el mismo sol que iluminó sus rostros y su amor, hoy mezcla celos y azul cielo, con pasión, huida, navaja y rojo sangre.
Ella ya solo dará verde a los pinos.

IsidroMoreno

(Texto de 50 palabras. Basado en «Mediterráneo» de J.M. Serrat)
Obra seleccionada en "V Concurso literario de microrrelatos El Muro del Escritor" y publicada en la antología «Otoño en el Muro», Octubre-2019


jueves, 19 de septiembre de 2019

UNA NOCHE



    La noche cubría la calle tomada por hordas de gentes que, con antorchas en mano, corrían gritando consignas apenas inteligibles, clamando a voces o buscando a familiares. El caos era inquietante por lo que decidí abandonar la ventana y salir.
    Apenas había pisado mi calle, cuando fui amarrado por unos hombres armados que me empujaban, me golpeaban y como en andas, me llevaban no sabía dónde.
  Las primeras noches de mayo, aún eran frescas y yo había salido de casa en camisa.Tiritaba de frío y de miedo.
   Eran sublevados que corrían huyendo de las tropas enemigas y éstas me habrían tomado por uno más. Quizás entre los ocres colores de los parroquianos, mi inmaculada camisa blanca y mis pantalones color pastel, fueran centro de diana en mitad de la noche.
    Me vi formando una fila de desafortunados seres que entre sollozos, me transmitieron mi cruel destino del que de forma irremediable, ya sólo me separaban unos metros. Sin embargo, no quise derrumbarme e intenté desenterrar mis últimos vestigios de dignidad.
   A mi izquierda, veía mi pasado: la fila que hasta aquí me había arrastrado, compuesta por desolados parroquianos y que se perdía en la oscuridad de la noche primaveral bajo un murmullo de lamentos.
    A mi derecha, mi futuro: los cuerpos de varios hombres yacían inertes sobre regueros de sangre.
    El panorama era desolador. Yo, con impoluta y nívea blusa, ante un farol que iluminaba la escena, mi cuerpo y mi alma, grité y levanté enérgicamente mis brazos al cielo, ofreciendo mi rabia ante el cobarde pelotón de fusilamiento que, apuntando con sus fusiles, a la vez, cubrían unos rostros anónimos de hombres exhortados mediante órdenes en francés.
    De pronto oí una voz que, en tono jovial, me llamaba…
—¡Eh tú, madrileño de la camisa blanca, ven aquí!   ¿Pero qué haces ahí muchacho?— me decía mientras se acercaba a mí.
¡Era Paco! Sí… Francisco de Goya, que pincel en mano y tras un caballete, me había reconocido. ¡A mí!
En ese mismo momento una susurrante voz me decía:
—Señor, ya es la hora de cerrar—. Era una vigilante del Museo del Prado que asiéndome por el brazo, me acompañó amablemente hasta la salida.

*** 

IsidroMoreno



(Premio como 2º finalista del Certamen Literario de Letras con Arte. Publicado en antología:  "Aquella Noche". Sept-2019)
(Obra publicada en «Relatos para ratos» de Isidro Moreno Carrascosa. Editorial Letrame. Agosto 2017)


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domingo, 2 de junio de 2019

EL REY LEAL


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Ya hace mucho tiempo, en un pequeño y lejano país, vivió un rey honrado y amante incondicional de su pueblo.
Sus gentes lo respetaban y en su fuero interno lo amaban, pues eran conocedores de su bondad y lealtad, sin embargo, una parte de aquella gente de ese pequeño feudo, no deseaban tener rey ni ser súbditos de nadie y en su afán de distinción y modernidad, imitaban conductas e ideas de países vecinos en los que, a menudo, se promovían revueltas populares contra sus gobernantes y monarcas.
El leal rey conocía el sentimiento antimonárquico de su pueblo y para evitar futuras discordias y su enquistado problema, urdió en solitario un plan de actuación.
Se anunció con trompetas, platillos y tambores que, el rey daría una gran fiesta para todos en su castillo y con banquete incluido.
Llegado el día del evento, gentes de todos los rincones del reino acudieron al convite y gran fiesta del monarca en el castillo real.
En el centro del atrio y sobre un escenario entarimado, se erguía una estructura que soportaba un gran pendón con emblemas del pequeño reino. 
Apareció el rey en escena y tras pedir silencio, mientras se despojaba de su corona y del manto de armiño, dirigió un corto pero emotivo discurso a su amado pueblo. A continuación, entre aplausos, silbidos y gran expectación, se dirigió a la estructura vertical se arrodilló tras ella, inclinó su cabeza hacia adelante, tiró del extremo de una soga y una pesada cuchilla de hierro, oculta tras el pendón, cayó para cortar el cuello y seccionar el cuerpo del monarca.
Colorín colorado que este cuento no acabó con ese inaudito espectáculo. Se sabe que se comieron las perdices, que la felicidad la siguieron buscando el resto de sus días y que luego llegaron nuevos tiempos, otros monarcas, varias guerras, otras gentes, nuevas modas, revoluciones populares, rodaron cabezas y cuentan que un tal Monsieur Joseph Guillotin, quizás en recuerdo de un antiguo y leal rey, propuso la decapitación ennoblecida con aquel artefacto al que cedería su apellido por los siglos de los siglos, amenizando las más calenturientas mentes y dejando claro que la sangre es roja para todos, pues la azul solo existe en otros cuentos de origen chino y que en otra ocasión les narraré.


IsidroMoreno

(Relato publicado en revista digital: «EL CALLEJÓN DE LAS ONCE ESQUINAS» Zaragoza, junio-2019)

sábado, 1 de junio de 2019

HORAS DE VUELO

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HORAS DE VUELO
Regresaba con la carga y volando entre nubes buscaba espacio libre para el aterrizaje.
Hábilmente tomó tierra y, una vez más, se dirigió al departamento de devoluciones. Allí, en la guardería, depositó otro bebé al que tampoco había conseguido encontrarle un lugar dichoso ni los padres adecuados a lo largo de su periplo por el mundo durante ochenta y un días.
La afligida cigüeña fue inhabilitada por bajo rendimiento y por exceder, en un día, el tiempo legal de vuelo.

IsidroMoreno


(Relato seleccionao en «MARATÓN de MICRORRELATOS» Feria de Sevilla 2019 "LA VUELTA AL MUNDO EN 80 PALABRAS")

jueves, 30 de mayo de 2019

EL LECTOR

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Cuando lo conocí, además de narrarme con entusiasmo su pasión por la lectura, me invitó a su casa para mostrarme la biblioteca.

En aquellos fríos días de enero, Edu disfrutaba de la lectura de clásicos de capa y espada. Era fácil deducirlo pues la estancia se encontraba atestada de floretes, sables, sombreros de ala ancha, sombreros con plumones erectos, capas negras, pardas, dagas oxidadas, corpiños de la época y un sufrido maniquí desnudo, de tela de saco al que le brotaban cientos de pajas por los innumerables agujeros que, como cicatrices de mil reyertas, le colmaban el torso.
En su fogosidad representativa, el joven lector, tomando un florete de brillante cazoleta y el libro en la otra, comenzó a leer e interpretar un acalorado diálogo entre dos rivales enamorados de una misma dama. Su mucho entusiasmo me lo contagió hasta el punto de tomarme la libertad de empuñar una de los sables, coger un sofisticado sombrero con pluma de pavo real, o eso creo, y una capa que plegada sobre mi brazo izquierdo me serviría de exiguo escudo.
A su voz de, ¡en guardia!, los aceros de nuestras armas se chocaron con ímpetu. Tuve que esquivar el libro que me lanzó a la cabeza porque ya le sobraban los diálogos escritos, ahora eran interjecciones improvisadas que junto al agudo chasquido de la hoja y el grave sonido con eco incorporado de las cazoletas, imprimían una veraz banda sonora.
Pronto, entre el sudor, insultos como, bribón, granuja, malandrín y otros improperios de la época, nos hicieron caer exhaustos y aprovechando un descuido en su caída, le acerqué la punta de mi arma oprimiendo su piel bajo la barbilla.
Durante unos segundos, ambos nos quedamos inmóviles, especialmente Eduardo, temeroso de que cualquier movimiento de cuello le produjese más presión a aquella punta oxidada del sable.
Mirándome con ojos de terror me dijo, ¡no tienes huevos! Y los dos nos desencajamos riendo estrepitosamente.
**
La lectura le resultaba vital para su existencia diaria, como si de un complemento vitamínico se tratara. Además, era verdadero fetichismo el que sentía por los libros y cuanto a estos les podía rodear.
Cada inicio de una nueva lectura, examinaba el libro con la destreza de un editor profesional, comprobando costuras, flexibilidad, pastas, encolado, tacto del papel, tipografía… y todo en unos segundos. A pesar de su juventud, atesoraba una grandiosa biblioteca de no se sabía cuántos volúmenes.
Como banal rito, junto al libro seleccionado para su lectura, portaba un estuche de fino cuero en el que guardaba, escrupulosamente ordenados, varios marcapáginas de distinto tamaños y formas, así como un blíster de etiquetas autoadhesivas de surtidos colores, pequeña regla y, por supuesto, más de una docena de útiles para la escritura como plumas estilográficas, lápices, lapiceros, rollers, bolígrafos, esferógrafos de lujo, subrayadores, gomas de borrar y otros. Cada libro leído conservaba mil y una marcas de Eduardo que, como Atila, dejaba huella por donde sus ojos leían. A veces eran palabras subrayadas, anotaciones en los márgenes, dibujos, notas adhesivas de colores que sobresalían como banderillas… en fin, que el libro adquiría aspecto de domado y doblegado a las formas y costumbres de su dueño.
***
Pasaron unos meses hasta mi siguiente visita en la que me mostró sus últimas lecturas y adquisiciones de material de atrezzo para mejores vivencias. En aquella ocasión leía sobre «hazañas bélicas» ambientadas en la II Guerra Mundial.
Su habitación de lectura, junto a la biblioteca, estaba plagada esta vez de material de guerra, siendo objetos originales en unos casos, y réplicas en otros; así me mostró el mecanismo de un subfusil MP40, diversas pistolas de los nazis y otras del ejército ruso, cascos de soldados, algún uniforme con su gorra de plato luciendo las estrellas de graduación y otras prendas de ropa y objetos referidos a aquella contienda mundial.
Me llamó especial atención un enorme plano de una parte de Europa, desplegado sobre dos mesas y en el que estaban dibujadas las cuadrículas, a propósito irregulares, de un doble tablero octogonal de ajedrez. Las fichas eran soldaditos de plomo, tanques, piezas de artillería, de caballería, camiones de intendencia, vehículos de sanidad, torres y algunos edificios emblemáticos de la vieja Europa. Con semejante arsenal de piezas e iconos, nos enfrascamos en una partida de juego, mixtura entre ajedrez Seirawan y las damas chinas y que, en ese caso, enfrentaba al ejército alemán contra los aliados. ¡Un desastre! Los Panzer alemanes me habían demolido el frente de infantería en las costas normandas y, finalmente, perdí la partida al tener que rendirme cuando me comió la Torre Eiffel y mi Nôtre Dame entraba en jaque.
Tras algunas representaciones de batallas y una amistosa charla, nos despedimos emplazándome a una próxima reunión pasadas dos semanas, sin aportarme más información, pues pretendía darme una sorpresa.
A pesar de nuestra incipiente amistad, aprecié que se trataba de un individuo con un elevadísimo coeficiente intelectual en casi todas sus variantes a excepción de la inteligencia emocional, pues capté ciertas carencias en las relaciones interpersonales e incluso consigo mismo. Quizás ocultase un oscuro propósito o, al menos, eso me parecía en algunos momentos. Por razones que aún desconozco, y que a veces me preocupan, debí ser su elegido desde que el pasado verano, nos conociéramos en la Universidad en unos cursillos y ponencias sobre, “Tiempo, Espacio y Relatividad”
****
Llegado el día previsto que, a decir verdad, lo esperaba con gran expectación, me dirigí a su casa aportando una caja de bombones Godiva Gold Ballotin como detalle de digno visitante. Me sorprendió que la verja del parterre y puertas de entrada estuviesen entornadas. Llegado a la biblioteca, y a pesar de llamarlo en voz alta, no respondió nadie.
En una mesa de velador, había unos botes de Coca Cola, dos vasos casi vacíos y en el centro de la estancia estaba instalado un extraño artefacto decimonónico que me recordó la famosa máquina del tiempo de H. G. Wells aunque algo más modernizada por la inclusión de luces psicodélicas además de otros componentes electrónicos propios de esos años setenta. 
Salí preocupado de la biblioteca debido a la ausencia de mi amigo, aunque también me inquietaba la clase de compañía que deduje ante tan obvios vestigios.
Antes de alcanzar la calle, a un lado de la cancela del amplio jardín y arrinconado entre la vegetación, observé un sucio cilindro metálico del tamaño de una persona y que antes no estaba allí o, quizás, había pasado inadvertido a mi vista. Tras introducirme en su interior, no sin cierto recelo, manipulé una de las oxidadas palancas. Deduje que se trataría de la imitación de una cápsula del tiempo adquirida en alguna feria y que se asemejaba a ciertos artefactos similares de ficción muy prodigados en viejas películas de obsoleta calidad científica.  Al salir de la cápsula oí el crujir de unas hojas del suelo, pero solo había sombras de la vegetación asilvestrada.
*****
Cerré tras de mí la cancela del jardín. Ya en la calle percibí un repentino frío, impropio del mes de julio en la llanura castellana, así como la luz, pues mi reloj marcaba las siete de la tarde y sin embargo ya era noche cerrada.
Además de mi aturdimiento y del aire gélido que castigaba mi cuerpo ataviado con unas simples bermudas modelo Nisu y un polo marca Acme, de pronto me invadió un remordimiento de conciencia por la desaparición de mi amigo Edu, y consideré que, al menos, le debería dejar una nota de mi visita y contarle la extraña sensación que estaba sufriendo por aquel repentino e inexplicable cambio de temperatura y luz solar. También le tomaría prestado alguna prenda de abrigo y le dejaría los carísimos bombones —como recompensa— para cuando regresara. O regresaran.
Pero claro, la puerta de entrada al jardín yo mismo la había cerrado momento antes. Sin embargo, sí que ahora se veían luces encendidas en la casa, por lo que de forma intuitiva y absurda, pues no había nadie en la casa, pulsé el timbre de la cerradura eléctrica. Antes de auto insultarme, la puerta se abrió, para sorpresa mía.
Me dirigí hacia el interior de la vivienda. Al entrar en la biblioteca me recibió Edu que, en aquellos fríos días de enero disfrutaba de la lectura de clásicos de capa y espada. Era fácil deducirlo pues la estancia se encontraba atestada de floretes, sables, sombreros de ala ancha, sombreros con plumones erectos, capas negras, pardas, dagas oxidadas, corpiños de la época y un sufrido maniquí desnudo al que le brotaban cientos de pajas por los innumerables agujeros que, como cicatrices de mil reyertas, le colmaban el torso.
De nuevo sentí la curiosa sensación que teníamos pendiente de estudio Eduardo y yo: Estaba claro mi déjà vécu. ¿Quizás fuese aquella la sorpresa que me guardaba?
Necesitaba salir del bucle temporal, averiguar la misteriosa compañía de Eduardo y el motivo de su enigmática ausencia.
En esto pensaba cuando sobre una de las mesas, vi un trozo de envoltura de la tableta de chocolate Godiva, el mismo que llevaba en mi bolsa, sin desprecintar y que aún no le había entregado a Eduardo. Esta marca es una delicatesen que raramente se comercializa por estas tierras por lo que me extrañó sobremanera. Creo que Eduardo, ensimismado en su febril lectura, era ajeno a mis dudas y a cuanto acababa de acontecer.
En su fogosidad representativa, el joven lector, tomando un florete de brillante cazoleta y el libro en la otra, comenzó a leer e interpretar un acalorado diálogo entre dos rivales enamorados de una misma dama.

Continuará.


IsidroMoreno


(Relato publicado en libro antología: "A la sombra del maestro 21 escritores se pavonean" en homenaje a Francisco García Pavón, por el centenario de su nacimiento. Editado por Casa Ruiz Morote. Ciudad real. Mayo 2019)

martes, 28 de mayo de 2019

EN EL FRAGOR DE LA LUCHA

Resultado de imagen de Imágenes de pensionistas ante la policía


—No debéis prohibirnos la entrada, por favor suéltame o lo lamentarás. Todos nos jugamos mucho. No nos impediréis a los pensionistas que entremos al Congreso, por muchos policías que seáis.
—¡Por lo que más quieras!, me vas a obligar a arrestarte, deja de hacer tonterías, papá, y devuélveme la porra.

IsidroMoreno
(Madrid, septiembre 2018. Texto de 50 palabras)
Relato seleccionado y publicado por editorial "Letras como espadas" en antología "Al calor de la risa". Diciembre-2018

jueves, 24 de enero de 2019

ATARDECERES EN EL LAGO


Resultado de imagen de Imágenes con los pies al borde del embarcadero



Cada tarde, sentada al borde del embarcadero, con los pies colgando, veo ponerse el sol tras la montaña. Los reflejos sobre el agua del lago, el color del crepúsculo y la melancolía que me inunda, hacen que cada tarde, ante tan insinuante pose de suicida atormentada, se me acerquen, como moscas, buenos samaritanos, curiosos o ligones. A veces son realmente apuestos los que se me pegan y entonces, con ellos, alargo la conversación y el rato mágico de la tarde.
Ya no quedo con mis amigas. Ligo mucho más al borde del embarcadero que en los paseos pueblerinos viendo las mismas caras día tras día. ¡Dónde va a parar!
Hoy ha sido desconcertante pues he visto, de reojo, a un guapo joven que hablaba con unos señores de blanco y señalaba hacia mí. Al rato han venido esos hombres de bata blanca y me han puesto la camisa con correas de la que no puedo zafarme.
Mañana tendré que escaparme otra vez.

IsidroMoreno


* Seleccionado y publicado en antología «II Concurso de Microrrelatos, ACADEMIA PARA ESCRITORES» Enero-2019